
El 24 de abril es un día de lucha, memoria y solidaridad feminista internacional. Forma parte de nuestro calendario común de resistencia, un día en el que nos unimos desde todas las regiones para denunciar el poder que ejercen las empresas transnacionales sobre nuestros cuerpos, nuestro trabajo y nuestros territorios.
Conmemoramos este día en recuerdo del derrumbe del Rana Plaza, en el que murieron más de mil trabajadoras de la confección. Estas mujeres producían para marcas globales como Zara, Mango, C&A, etc., dentro de un sistema que antepone el lucro a la vida. El Rana Plaza no fue un accidente. Fue el resultado de un sistema global de explotación que continúa hasta el día de hoy.
Desde entonces, la violencia de las empresas transnacionales no ha hecho más que agravarse. Desde las industrias textiles de Bangladés hasta las zonas de exportación de Sri Lanka, las mujeres siguen enfrentándose a salarios bajos, condiciones inseguras y represión cuando se organizan. El mismo sistema que causó la muerte en el Rana Plaza sigue funcionando, intensificado, ampliado y normalizado.
Las empresas transnacionales están presentes en todos los aspectos de nuestras vidas. En la ropa que vestimos, en los alimentos que consumimos, en la tierra y el agua de las que dependemos. En los territorios costeros, la acuicultura y la pesca industrial destruyen ecosistemas, contaminan las aguas y desplazan a las comunidades. Las mujeres se ven obligadas a mantener la vida en estas condiciones, alimentando a sus familias, reconstruyendo comunidades y resistiendo ante la destrucción ecológica.
Al mismo tiempo, nos enfrentamos a la expansión del complejo militar-industrial, uno de los mayores contaminadores del mundo y un pilar central de este sistema. La militarización, el extractivismo y la convergencia del poder corporativo operan conjuntamente, profundizando las desigualdades, acelerando el colapso climático y reforzando la dominación patriarcal.
Los gobiernos y las empresas responden a la crisis no con justicia, sino con control. La crisis climática se trata como un «problema de seguridad», lo que justifica más fronteras, más vigilancia y más militarización, a menudo en alianza directa con las empresas transnacionales. La crisis se convierte en un nuevo campo de lucro. Bajo el lenguaje de la innovación y el progreso, las empresas y los Estados amplían los sistemas de vigilancia, control y guerra. Las grandes empresas tecnológicas y las industrias militares están cada vez más entrelazadas, configurando un mundo en el que la violencia se oculta tras la tecnología y se presenta como inevitable.
Los ataques contra Venezuela, incluido el secuestro del presidente Maduro y de la diputada Cilia Flores, y las sanciones en curso contra Cuba, muestran cómo opera hoy el imperialismo, a través de la presión económica, la coacción política y la intervención directa. Las mujeres en estos territorios sostienen la vida y la resistencia en condiciones cada vez más duras.
En el Sahel, se impone la militarización como solución a la crisis, pero esto solo agrava la inestabilidad. Los conflictos armados, las intervenciones extranjeras y las luchas por los recursos continúan, mientras que las mujeres se enfrentan al desplazamiento, la violencia y la exclusión de la toma de decisiones.
La guerra contra Irán pone aún más de manifiesto la lógica violenta del imperialismo, donde la intervención militar y los intereses geopolíticos prevalecen sobre las vidas de las personas. Desde principios de 2026, los ataques y represalias a gran escala han causado una destrucción generalizada, muertes de civiles e inestabilidad regional, al tiempo que han desencadenado una crisis energética mundial y han agravado las dificultades económicas en todo el mundo.
Al mismo tiempo, las mujeres que defienden la vida están en el punto de mira. Desde el asesinato de Berta Cáceres hasta la represión y la detención de Esra Işık, observamos un patrón global de criminalización de las mujeres que se resisten. Defender la tierra, el agua y la vida se ha vuelto peligroso, pero es también ahí donde la resistencia se hace más fuerte.
Nos enfrentamos a un sistema global en el que las empresas, los Estados y el poder militar actúan de forma conjunta. Un sistema que mercantiliza la vida, explota la mano de obra, destruye la naturaleza y trata a comunidades enteras como si fueran desechables.
Pero también estamos construyendo una respuesta global.
En todos los territorios, las mujeres se están organizando. Desde las trabajadoras de la confección hasta las defensoras de la tierra, desde los movimientos feministas hasta las comunidades de base, estamos tejiendo solidaridad más allá de las fronteras. Estamos fortaleciendo un feminismo internacionalista y de base arraigado en la resistencia, el cuidado y el poder colectivo.
Afirmamos que defender la tierra es defender la vida. Que hacer frente a la militarización es una lucha feminista. Que la justicia climática no puede existir sin desafiar a las empresas transnacionales y a las potencias imperialistas.
Exigimos el fin del complejo militar-industrial y de los sistemas que lo sustentan. Exigimos justicia para quienes perdieron la vida en Rana Plaza y en todas las formas de violencia corporativa. Exigimos el fin de las sanciones, las ocupaciones y las intervenciones imperialistas. Exigimos una justicia climática basada en el cuidado, la soberanía y la vida colectiva, no en el control y el lucro.
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